Los sueños y algo más


Emilia había estado toda la tarde jugando con sus amigos en la vereda. Jugaron a la mancha, al ring raje, a la escondida, a la pelota, se divirtieron mucho. Su cansancio era placentero, al mejor estilo niño de 8 años.
A eso de las 21 la madre la llamó para que la ayudara a poner la mesa. Emilia se despidió de sus amigos y les dijo: “Mañana la seguimos. “
Pronto, la cena estuvo lista. Comieron una rica tarta de zanahoria acompañada con croquetas de papa. Era tal el sueño que sentía Emi que se acostó sin mirar la tele. Y eso ya dice mucho. Su madre la tapó, apagó la luz y le dio el beso de las buenas noches.
Cayó tendida. Apenas cerró los ojos, se durmió profundamente. Durante el día, antes de jugar con sus amigos, había estado pensando en que le gustaban mucho los duendes; pero nunca había soñado con uno.
Quizás este sería su sueño mágico en el que los  conocería. Y así fue.
Escuchó una voz que le decía: -“ Vení Emilia, vamos a jugar un rato.”, -“Ponete los championes que quiero salir a la calle, dale no seas perezosa.”
Les hizo caso. Salió de su cama, se calzó, y enfilo derechito hacia donde estaba el duende. No era verde, era mejor, era multicolor y brillaba en la oscura noche.
Emilia corrió tras él, hasta que en un momento le gritó:-“ey,¿ adónde te fuiste que no te veo? ¡Esperame!.” Camino unos metros más, ya no podía correr. Estaba sin aliento. Vio un banco y se sentó. Esperó un largo rato al duende, pero éste no apareció. La niña, triste y decepcionada, decidió echarse una siesta, cual si fuera un perro sin amo, una persona sin casa.
Veloz como él solo, al no tener noticias de la niña, el duende acudió a la plaza donde se encontraba Emilia. No preguntemos cómo supo que ella estaba allí, pero la contempló mientras dormía, y al mismo tiempo evocaba unas palabras extrañas que ni él mismo entendía.
“Sucurumbú, dejad que la luz corra y jassu pokernasí, paci.” Era una especie de jeroglífico, poder captar qué estaría queriendo decir.
A todo esto Emilia no escuchaba un solo sonido, porque estaba como hipnotizada, apenas se movía para respirar.
Cual si fuera una noche mágica, comenzó a llover; aunque no estaban en el bosque sino en plena ciudad.
Debido a las gotas que cayeron sobre ella, Emilia se despertó. Y el duende ya no estaba allí. Sin dudas era un gran acróbata, saltarín y picarón que desaparecía sin que lo notáramos.
Con una sensación extraña, Emilia se levantó del banco y emprendió camino hacia su casa. No sabía dónde estaba, pero conocía la vuelta. Tal vez por recuerdo, tal vez porque el duende había hecho alguna marca…No lo sabemos.
Llegó a su cama nuevamente y continúo durmiendo.
Al otro día, cuando realmente despertó, en su cama, en su casa con su madre; lo primero que dijo en la mañana fue: “Sucurumbú, dejad que la luz corra y jassu pokernasí, paci.” La madre la miró desconcertada. -“ Emilia, ¿estás bien hija? ¿Qué estás diciendo?”.A lo que la astuta niña contestó: “- Nada mamá, no podrías entenderlo. Fue algo mágico que un duende me dijo en mi sueño, y lo tendré en cuenta para el resto de mi vida.”
La madre cada vez entendía menos. Quiso llamar a su padre que estaba de viaje, a lo que Emilia le dijo con mucha calma: “No es un asunto de salud mental, mami. No estoy delirando, sólo quiero cumplir con la orden que se me dio. Y eso mismo es lo que haré, ya verás.”
Finalmente, Emilia salió de su casa con una sonrisa de oreja a oreja. La madre, entretanto, buscaba algo en su cama, una especie de evidencia que la dejara más tranquila. No encontró nada, y entendió que los niños son así, lúcidos, crédulos. Se rió para sí y recordó cuanto le gustaba soñar y hacer realidad sus sueños.




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