Empoderamiento al 100


- A veces miro el reloj y son las cinco. A veces pienso que hace más de un año, esa era la hora en  que debía movilizarme, o de lo contrario, estaba destinada a llegar tarde a la oficina. -Evento que, con sus bemoles, en ocasiones ocurría-.
Sí, entraba a la hora del té, de la merienda, a las 18:00 hs para ser más exacta.
Increíblemente no me costó acostumbrarme a la nocturnidad, porque siempre fui y continúo siendo una persona nocturna. Pero eso no significa que no haya padecido el tener un empleo que inicie cuando bajaba el sol, sobretodo si es en pleno verano, sobretodo si por ser novata en la empresa no gozaba de vacaciones en época de vacaciones, sobretodo; porque salía a las 02:00 am y mis ideas no se apagaban hasta cerca de las 04:00 am. Sobretodo porque el servicio que realizaba implicaba utilizar mis cuerdas vocales durante seis horas de las ocho que permanecía en dicho establecimiento laboral. Sobretodo porque el clima siempre es un mal amigo en época de ajetreo, desgaste vocal constante: calor + sol + hablar seis hs con aire acondicionado en Polo Norte + cumpleaños bailable = anginas en enero.
Y así cada día...
Las salidas a despejarse los fines de semana eran asiduas. Diría que mucho más que las que suelo tener en mi diario vivir. Es que la noche te pedía más noche (y me es inevitable rimar con derroche, aunque esto no sucediera en realidad). La idealización que tenemos por el concepto de fiesta, lleva directamente a imaginar el disfrute, y cuanto más tarde sea en la madrugada, se deduce, mayor divertimento. La macana de todo esto, es que el domingo había que trabajar. Eso sí, con la ventaja de poder dormir hasta las tres y media de la tarde y estar fresca como una lechuga al momento de partir.

Hecho el preámbulo del racconto meramente 'tragicómico', hagamos una conexión del asunto con el presente.

Cuesta encontrar trabajo en Uruguay, muchísimo.
Dá trabajo la búsqueda, la espera mientras no suena el celular, la constancia para no conformarse.
Esto solamente se transita estando en situación, como varias experiencias no gratas que todos en algún momento de nuestra existencia podemos vivenciar. Y cuando digo podemos, me refiero a que cada caso es particular y diferente a los demás, porque no es lo mismo no tener empleo a que no tener pareja, a que no saber qué estudiar o hacer, a que no cuestionarse si estamos a gusto o felices con lo que nuestro presente es. Es imposible hablar desde lo no vivido, y vaya paradoja pero cuán a manudo lo hacemos. -Como con el fútbol, que de un mundial al otro todos mudos y cuando se reaviva la llama patriota, ¡zaz! ahí estamos, opinólogos since 1930-.
Sin embargo, el asunto del trabajo es totalmente incomparable a las circunstancias antes mencionadas. Ustedes dirán, ¿por qué? Porque tiene aristas que van mucho más allá de un deseo.
Por lo pronto, decidir renunciar a un lugar sabiendo que nos quedamos en pelotas, hablando en términos monetarios, es obviamente a conciencia y arriesgado. Zambullirse en los portales de la web, en el boca a boca, en la postulación espontánea, en decirle a la mayoría de conocidos/as posibles de nuestra meta, lleva un montón de tiempo invertido, paciencia y lo que es más importante, fe.
Lo cómico es que cuando se escucha desde fuera el refrán espiritual "si te lo proponés lo logras", "visualizalo y lo vas a tener", "pedilo que se concreta", decimos enseguida: 'tal cual, es así'. Y en los hechos van pasando los meses, va corriendo el calendario y estamos todavía sin conseguirlo; aun habiendo hecho toda suerte de rituales, pedidos, postulaciones, invocaciones y todo lo que se le parezca o se nos ocurra.
Otra noción imprescinbible si de pretender ser empleado se trata, es la voluntad. Que está unida a la convicción. Voluntad porque yo debo, imperativamente, poner todo de mí. Convicción porque estoy convencida hasta la médula de que finalmente se va a dar. Agrego la perseverancia porque es el ingrediente de mayor peso y el que menos vemos durante el proceso.
Cuando arrivamos al gol, a veces, parece como si el camino se desdibujara, como si desaparecieran todas las huellas que fui dejando hace bastantes kilómetros atrás. Las más recientes también, sospechosamente me dan como la espalda, como quien mira de reojo a otro que llega a la línea final de una carrera que parecía interminable. Pero no, terminaba y había un ganador/a. ¿Qué pasa cuando el que gano soy yo? Más allá de todo el recocijo y felicitación propios, mi entorno no lo puede creer. No entra en sus sesos cómo no bajé los brazos, cómo no me desesperé, cómo seguí con mis actividades y rutinas, cómo no le dije al mundo 'me rindo, te paso la posta entera de mí', cómo no me revelé ante el sistema por ejemplo, yéndome del país en búsqueda de nuevos horizontes laborales, cómo es que solamente mi núcleo más cercano y mi persona, éramos los que confiábamos en el lento acontecer vital. Cómo es que no di marcha atrás acudiendo sin orgullo ni amor propio alguno a un trabajo mediocre de mi historial pasado. Cómo es que no me enloquecí de no tener horarios, de no tener salario ni independencia económica, ni gastos innecesarios ni despilfarros derrochando vida.
Nacimos para ser útiles, para sentirnos valiosos y valerosos, aportar nuestro conocimiento, nuestro granito de arena, nuestra presencia y nuestra esencia. Nacimos para aprender continua-eternamente. Nacimos para no tener que rogar ni mendigar, ni rebajarnos, ni llorar por los rincones cuando estamos pasando un temblor (sea de la índole que sea, como comencé diciendo hoy). Nacimos para capitalizar todo lo que nos ocurre y dejamos ocurrir. Nacimos con un propósito y seguramente encontremos varios por ahí, o nos encontrarán a nosotros andando. Nacimos con una misión encomendada que cuando estemos a su altura y sintonía, va a sernos revelada. Nacimos para triunfar y padecer, porque si no existiera el equilibrio nos caeríamos día por medio al mar en este mundo redondo. Nacimos para dejar de aparentar y ser honestos, sobretodo con nosotros mismos. Nacimos para mirar de frente a los miedos y al dolor, y si somos fuertes y un poco rebeldes, también podremos contemplar la muerte.
Nacimos para un buen día quitarnos la careta y la coraza, el disfraz y la mordaza, la piel vieja y las arañas, el pasado chicle y los mediocres pensamientos viciosos. Y los miedos. Ya lo dije, lo pienso desde siempre pero aquí y ahora los siento con intensidad y frecuencia.
Miedo a la soledad. Miedo a la independencia. Miedo a permanecer en el mismo sitio sin novedad.
Miedo al ritmo económico de vida. Miedo a poder con todo. Miedo a mi éxito mayor. Miedo. Ilusión.
Todos los miedos son ilusorios. Todos los miedos nos traen aparejado un desafío. Todos los miedos están allí para que los pasemos por arriba con calma y mucha valentía. Todos los miedos nos embadurnan cuando quieren hacernos creer que quizás podemos flaquear. Y no pasa. Y los vencemos. Desde algún lado, no los dejamos quedarse. Y cada vez les vamos dando menos voz y menos que menos voto. Y cada vez les ponemos mute y los dejamos patalear en plena acera. Y cada vez estamos más cerca de nuestro centro que de su comisión fomento. Y cada vez más nos ensordecemos con música positiva, que puede ser decirnos cosas con alegría. Y cada vez más notamos el potencial que poseemos y la debilidad que los caracteriza. Su miedo. El miedo tiene miedo porque sabe que es inferior e insignificante. Y se agranda, y se la cree, y crece por pura labia nada más. Y le dan cabida en el noticiero, en los diaros y en la radio, en los ómnibus y los supermercados, en los country y en las villas, en la playa y en la montaña, en el cielo y en la Tierra, en África y en Antártida, en las pantallas y en las murallas, en las palabras que no se miden pero acumulan basurales culturales.
El miedo, solo cobra lugar en nuestra cabeza. Si probamos salir de ella a dar un paseo, les aseguro que ese inquilino se va a retirar. Tal vez volverá manifestado en una forma similar o dispar, no lo sabemos. Con el tiempo nuevos mieditos vendrán. De hecho, el miedo más profundo y pesado se minimice e instale en un recóndito rincón invisible de nuestro ser. Y es difícil premeditar si se va a despertar de un sacudón o en cambio vamos a ser quienes le tiremos todas sus pertenencias por el balcón.
El futuro es incierto pero contamos con la capacidad de inventarlo. Como dijo Alan Kay, "la mejor forma de predecir el futuro es inventarlo".
Qué loco que estemos hablando de miedos y de creación. Si podemos inventar, o lo que es lo mismo, invertir energía en nuestros sueños, podemos inventarnos miedos más livianos, para quitar peso a la mochila de la vitta.
El miedo va a acompañarnos hasta que sepamos quién es el que tiene las riendas. Y si ya lo sabemos y permitimos que nos haga de padre, madre o tutor, estamos despreciando el regalo más preciado que alguien nos donó: vivir.






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