Racconto mirando el atardecer





“Y lo mejor siempre espera, adelante.
Y un día después, de la tormenta,
cuando menos piensas
sale el sol”.

Ventana.
La ventana de mi cuarto
tiene cuatro vidrios
y cortinas naranjas
que antes eran de mi hermana.

El atardecer se ve bello
a través de ella.
Se ve bello y diverso.

Rosado,
celeste,
violeta,
naranja,
rojo
y azul,
'son los colores del cielo,
hijos verdes de la luz'
reza una canción escolar
que mi abuela solía tararear
y que me aprendí de memoria
de escucharla cantar.

Los colores cambian,
en micro segundos,
en milésima de segundo,
cuando volvemos a posar la vista
en algún recuadro de la ventana,
el paisaje es nuevo.

Cambió otra vez.
Y así en cada vistazo que echemos.

Ya lo relaté antes,
creo en los cambios porque gracias a ellos
aceptamos con mayor facilidad la vida,
la aceptamos si queremos vivirla,
porque lo estático es todo mentira.

¿Cómo pretender amarrarse a algo que no existe?
¿Ni es real?
¿Cómo no fomentar el movimiento
si cuando abro mi puerta otro color me espera,
me sorprende, me invita a descubrirlo
y me dice 'soy infinito, no tengo techo ni una cara determinada'?


La naturaleza es sabia.
La naturaleza es el reflejo de la vida misma
presentándose ante nuestros ojos atónitos.
Y como niños que observan por vez primera algún fenómeno sin igual,
como la caída del sol o cualquier otro regalo diario y natural,
esa mirada es única e irrepetible,
porque la emoción que la acompaña es distinta también. 

Va a depender de mi voluntad el foco de dicha óptica:
si me poso en el lente positivo y respiro seguridad ante tanta turbulencia,
o si por el contrario, el lente negativo me tira hacia el suelo, queriéndome anclar en un pasado pisado disfrazado de realidad.

¡Somos nuevos cada día!
Somos los gallos que cantan y se levantan sin preguntar qué clima hay,
somos los feriantes madrugadores por excelencia que montan los puestos bajo cero grados,
somos las madres y los padres llevando a sus hijos/as a la escuela con lagañas y algún cordón sin atar,
somos los adolescentes que dicen no querer interactuar en el liceo y atesorar esas horas como cruciales cuando miramos el calendario para atrás,
somos los jóvenes con ganas de avanzar, de seguir sus impulsos creativos y vitales con el fin de cambiar el mundo, su mundo y con osadía, su entorno más inmediato,
somos los adultos con desafíos, enseñanzas y obstáculos por delante,
somos los niños y niñas que nunca dejaremos de ser.

Al menos si así nos lo proponemos
jugando y sintiendo,
eligiendo y siendo,
arriesgando y apostando,
pisando en falso pero nunca para el costado,
el camino se ensancha y la ruta que tomamos es también una decisión nuestra.

Que no es casual ni porque sí,
que no estaba pautada aunque algo nos diga que sí,
que fuimos llegando sin saber muy bien cómo y nos gustó,
que desde algún lugar la pedimos
y ella lo sabía,
y nosotros no. Y sí.

A la larga uno sabe.
Lo que sí y lo que no,
por eso mientras dura el trecho es grato contemplar el andar
y asimilar que ese momento no regresará,
hasta que se pose en nuestra mente como recuerdo latente
y digamos:
“pucha que vale la pena estar vivos
y gastar las suelas buscando respuestas”.




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