Evolución
Ahora empiezo a creer y comprobar que
habita un poco de locura en el amor, en la lucidez.
Para llegar a esa lucidez, es preciso
atravesar túneles con lamparitas vencidas, titilantes, de las que
prenden y apagan o de las más miserables, que nos dejan a oscuras en
pleno descubrimiento.
Decía que la locura está
intrínsecamente unida al concepto de amor, desde lo que implica el
quererse a uno mismo, aceptarse las luces y las sombras, asimilarse
en ambas partes, reconocerse y no perder el control en tal transición
ni buscar caras para apuntar con el dedo señalador. Somos lo que
decidimos elegir ser. Somos una elección y a la vez no solamente
eso. Somos todo el tiempo movimiento, somos olas a las que mueve el
viento y otras tantas veces somos viento, que despeina y lava la cara
con mucha más fuerza que una ducha.
Somos porque estamos vivos y sentimos,
es mentira eso de 'sigue de largo y no te detengas en
pensar/analizar'. ¿Cómo se podría evolucionar sin la razón? ¿Cómo
arribar a conclusiones que den paso a nuevas invenciones si no me
detengo un instante a contemplarme hoy? ¿Cómo es que le demando
tanto al futuro si en el presente dejo pasar un nudo que me impide
respirar? Es imposible. Yo no sé ustedes, yo, no puedo. Ni elijo
querer esa opción, de dar vuelta una página de un libro que me
grita de todos los modos posibles que no la deje sola, que por favor
la tome, la escuche, le brinde un trocito de mi atesorado tiempo, que
seguro voy a agradecérselo después.
Claro que revolver en una idea o
experiencia concreta tampoco genera beneficios inmediatos, de hecho
todo lo contrario. La mente amplía cada vez más ese calvario y trae
a colación cosas que no queríamos que trajera, pero las trae igual
y ya está llena de invitados la azotea (que es mi cabeza repleta y
apretujada, embarullada, saturada y cansada de las mismas canciones a
la madrugada).
Simplemente la premisa es escucharnos,
aprender a permitirnos ese regalo que la vida nos dio y es el
chequear, poder revisar el sentir, cómo estoy, qué me generó esta
sensación, cuál hubiera sido la mejor opción, ¿y si lo hice bien?
Entonces me alegro de mi crecimiento y puedo abrazarme desde dentro.
Los animales nos muestran cómo
funciona esta noción del revisar. Un perro cuando comete una
travesura, macana, se porta mal, sabe que su rostro lo hace notar
antes de que nadie vea dónde ocurrió el desastre. La transparencia
de sus ojos, que en definitiva es la honestidad de su manera, es
quien nos comunica lo que pasó. Somos testigos de un ser
arrepentido, dolido, y a veces hasta pícaro que solamente nos pide
un mimo porque tiene más que sabido que errores todos cometimos, y
cometemos nuevos y variados a cada rato.
La cuestión no es quedarse en él
error. La cuestión no es
castigarnos hasta hundirnos y mullirnos en el dolor. La cuestión no
es hacer de cuenta que 'otra vez arroz'; es tener la valentía y el
coraje de decirnos: 'pucha, si yo ya me conozco y reacciono así/esto
me lastima/no me agrada este sujeto/, ¿qué herramientas tengo para
superar de mejor manera estos momentos?'. De seguro que allí, hay un
cambio y un aire fresco que entra como una ráfaga en esa azotea que
antes estuvo atascada y un poco sucia, llena de hojas de otra
estación tapando su verdadero color. Hasta que un cúmulo de
señales, vivencias, llamémosle equis, propician un escenario que
quisimos ocultarnos a toda cuesta. Y todo cuesta. A toda costa iba a
escribir y me salió cuesta.
Son similares los significados, porque la costa es el lugar a donde
los náufragos ansían regresar y la cuesta es el costo que me
implica algo que requiere mucho de mí; es costoso, no es accesible,
más bien es una especie de cima que aspiro alcanzar y en la que
también me puedo columpiar, tomando impulso con cada mal pasar.
Una
frase de una película hace unos meses atrás me marcó a fondo:
“¿Usted
nunca pensó que los motivos para espantar a los hombres también
podrían llegar a ser las razones para que se enamoren de usted?
Todas
las ideas son reversibles, piénselas al revés, delas
vuelta”. Me voló la
cabeza. Es tan simple para no visualizarlo, y sin embargo, tardamos
años -o el tiempo que cada uno estime necesario- en reparar
en eso que
estaba ahí, delante, adentro, afuera incluso brotando sin que así
lo quisiéramos, siendo al fin.
Siendo
una parte nuestra, quizás la más despreciable, fea, no digna de
exponer ni manifestar. Dado que nos pertenece, es inviable hacerla a
un lado y separarla, hostigarla, enterrarla o malcriarla con la
intención de que no vuelva jamás. Gran enseñanza me han dado mis
días al desayunarme que no hay peor enemigo que aquel que con furor
pedimos alejar y rechazar y subestimar. Lo no tan lindo ahí está y
nos completa, nos forma, nos hace llegar a lo más alto de la cuesta,
la cima. Ese punto que no sé dónde termina. Solo sé que cuesta
encontrar un boleto y un asiento libre para experimentar una estadia.
Los intrépidos que fueron tras su más ansiado sueño, cuentan que
al retornar a la dimensión de la faz de la tierra, agradecieron,
brindaron, compartieron sus avances y eligieron una próxima cima por
alcanzar. Una nueva y distinta, con desafíos y riesgos por correr.
Una que no estuviera en sus planes antes de darse de lleno con la
primera de las cuestas.
Porque como bien he
sabido, todo cuesta y todo vale, porque al final, “al final hay
recompensa”.
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