El poder de la palabra
La palabra nombra las cosas
las define
les pone un tinte y un calibre.
La palabra puede hundir o resurgir
lastimar o aliviar
enmudecer o desencadenar.
La palabra, ella,
crea y recrea todo.
La palabra, solitaria,
no dice tanto porque se encuentra mejor
acompañada.
La palabra es única y cuando se une a otras tantas
es uno quien le brinda su implicancia.
La palabra conoce muy bien su poder dual
y con frecuencia lo disfruta.
Para bien, para mal,
expresarnos es una sanidad
y cuando cometemos un exceso,
otra vez debemos recurrir a ella.
La palabra escrita, hablada,
dibujada, camuflada,
fotografida;
las opciones son variadas.
La palabra salva o condena,
calma o envenena,
acerca o aleja,
la palabra sin la acción
también deja huella.
La palabra se mimetiza
y por momentos esclaviza,
evidencia y revela
secretos indeseados.
La palabra metida y escurridiza
es ambigua y despierta intriga.
La palabra a medio camino confunde,
dice sí y dice no,
envuelve y estanca.
La palabra cuando es sincera
nace del corazón o del alma.
La palabra manipulada
por el miedo,
la rabia
o el dolor,
surge desde lo mental
y la razón nunca es buena amiga
en asuntos del amor.
La palabra se contamina
por emociones negativas
que a pesar de estar en uno
salen en el instante equivocado.
La palabra convertida en sentimiento
puede ser halago,
destaque
o mimo.
La palabra indecisa,
en cambio,
hiere y pide perdón,
vomita y no piensa antes de textear,
genera una gran marea
de la cual ni siquiera lleva el timón.
La palabra sucia
contesta desde el ego ciego,
ese que siempre aleja a los seres
levantando muros
que enfatizan las diferencias.
La palabra corta, frena y cierra puertas.
La palabra abre ventanas,
recovecos y rincones nuevos
hacia el centro.
La palabra ayuda a conocerse
al tiempo que se conoce a los demás.
La palabra identifica, representa, caracteriza.
La palabra no soy yo del todo,
aunque la uso por elección.
La palabra inconsciente es vulnerable
y allí radica la huída.
La palabra no quiere la soledad,
la palabra vive para conectar y comunicar.
La palabra se molesta cuando la tergiversan
y sus demandas no son escuchadas.
La palabra hace piruetas por llegar
pura y limpia a destino.
La palabra se pierde contemplando el río
y modifica el sentir que traía consigo.
La palabra sabe bien cómo regresar a casa.
Su casa es el alma y solo ella es portadora
de la llave dorada.
La llave de la luz,
la que brilla en los ojos y la sonrisa,
la que nos distingue sobre cualquier otro mortal.
La luz a veces no se ve a través de la palabra,
porque estas sobran cuando hay demasiada.
La luz habita en las entrañas
y si estás dispuesto a descubrirla,
te invito a obviar algunas palabras
para hacer más liviano el recorrido
y continuar siendo amigos.
La luz titila desde lejos
y al estar cerca
deviene en risa
o en silencio.
La luz es especial
por eso se deja ver
cuando ella así lo desea.
La luz debería forjarse con las palabras.
Pero estas no alcanzan
cuando "desborda el alma".
La luz y la palabra
intentan mostrarnos al mundo
un poco más auténticos y menos rudos,
un poco más cariñosos y menos miedosos,
un poco más nosotros y menos nuestros espejos rotos.
Un poco más cerca del todo
dejando atrás las medias tintas y malos entendidos.
La palabra y la luz,
juntas,
son dinamita positiva.



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